Mi vestido elefante

Estos días, en un alarde de nostalgia o vete tu a saber por qué, me puse a hacer memoria, a pensar en que momento cogí las agujas por primera vez, y recordé que fue siendo bastante pequeña.

Como muchas tejedoras, me viene de familia. Mi madre era una auténtica artista y hacía cosas geniales, así que me picó el gusanillo bastante pronto. Aunque, cuando era niña, recuerdo que no tenía la paciencia necesaria ni para hacer un solo cuadrado.

Mi infancia está bañada en lanas de diferentes colores y texturas. Los lunes eran el día libre de mi padre, así que venía a cenar mi hermana, mi cuñado y mis sobrinos. Mi madre,también le había metido a ella el gusanillo de tejer, así que mis tardes de los lunes eran sinónimo de verlas tejiendo en el sofá y hablando tranquilamente con un café al lado. Supongo que en ese momento uní el hecho de tejer con momentos de relajación, charlas y café.

De aquella, tengo el vago recuerdo de empezar 200 cosas y no acabar ninguna. Recuerdo también que, en cuanto hacía un trozo de algo, cada punto era diferente, porque no tenía dominada la tensión y salían auténticos churros.

Más tarde, de adolescente, cogí alguna que otra vez las agujas, pero lo abandoné por completo cuando un día las dejé boca arriba en una bolsa al lado del sofá y, cuando me fui a acostar en el, una de las agujas fue a parar a mi pierna. No hace falta que entre en detalles, pero me clavé más de media aguja y…del 3.5! Esa aguja, aun está en cada (mi madre todavía la usa), pero le falta parte del color violeta que la cubría (se ve que habita en mi pierna). Así que en ese momento lo abandoné, pensando que nunca más las volvería a coger.

Años después, trabajando en un kiosko, empezaron unos fascículos de crochet y me lancé a la primera entrega para ver de que iba aquello.  Inevitablemente y como podéis suponer, me enganché y no pude dejarlo nunca mas.

Así que, de una cosa pasé a la otra y me volvió a picar el gusanillo del punto. Ahora, no podría vivir sin ninguna de las dos cosas. Aunque son rítmos diferentes y cada una tiene sus cosas buenas y malas, no puede pasar ni un solo día sin que haga algo con una de esas técnicas.

¡Y a todo esto! como os dije más arriba…mi madre era una artista como la copa de un pino. Y, para demostrarlo…¡mi vestido elefante! Mi vestido elefante, era el más molón del mundo. Estaba tan bien hecho y con tanto detalle, que pagaría por tener el patrón o por conseguir sacarlo desde la foto. ¿No os parece una maravilla? No se a donde fue a parar este vestido, pero me encantaría tenerlo guardado como oro en paño y poder usarlo ahora de jersey (que de ancho si, pero de alto mucho no crecí) jajaja

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Fui una adelantada a mi tiempo en eso de poner morritos en los selfies 😉

 

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